lunes, septiembre 19, 2005

[Comparativa] "Asalto a la comisaría del distrito 13" (Carpenter vs Richet)

vs


Dado que me gustó la reseña comparando la versión original y el "remake" de "Obsesión", he decidido acercarme en esta ocasión a la nueva versión de un título mítico, auténtica serie B, una obra que combina acción, thriller, terror y western por igual. En 1976, John Carpenter firmaba, con un presupuesto mínimo pero con muchas ganas, "Asalto a la comisaría del distrito 13", en un intento de emular a su estimado Howard Hawks, y en particular a la no menos brillante "Río Bravo".

"Asalto a la comisaría del distrito 13" versión Carpenter, es un auténtico western urbano, donde un policía afroamericano debe defender, con la ayuda de varios convictos, una comisaría del ataque de unos pandilleros. Carpenter realizó una magnífica puesta al día del título de Hawks, no solo calcando la sensación de angustia del grupo de personas que soportaban el asedio, sino teniendo en cuenta el marco temporal en el que se insertaba la narración. Así, nos situaba en una California calurosa, donde las pandillas campaban a sus anchas por las calles de la ciudad, donde la seguridad ciudadana era mínima y las refriegas raciales constantes. Sin dar la espalda a ciertas alegorías sociales, es cierto que en este aspecto la película haya perdido algo de fuelle con el paso del tiempo ya que la cooperación entre razas presente en la misma (y evidenciado sobre todo en los planos finales) no llega a la contundencia de otro título inspirador, "La noche de los muertes vivientes" de George A. Romero, donde las dificultades del protagonista (también afroamericano) para conseguir la colaboración del resto de miembros encerrados era una clara metáfora de la situación social imperante durante la década de los '60.

Carpenter nos presenta un largometraje duro, áspero, vacío de psicologismos y de enseñanzas, creando un ambiente opresivo en el que cualquiera puede morir y donde no hay lugar para heroicidades. Para acrecentar la sensación de angustia, Carpenter juega una serie de bazas. Para empezar, sitúa a la audiencia de manera magistral en la comisaría. Desde la llegada del policía al local, siempre muestra los mismos planos del exterior y del interior. De esta forma, la comisaría está formada por la recepción, una habitación, y un pasillo donde se encuentran las celdas, mientras que en el exterior solo observamos dos planos de dos aparcamientos que rodean al edificio. En segundo lugar, pocas veces pone cara a sus asaltantes, unas pandillas muy heterogéneas formadas por blancos, latinos y negros (1) pero que son muy superior en número a los defensores. Incluso el "lei-motiv" del asalto parte de una particular venganza por la muerte de uno de los miembros para acercarse a la violencia per se, la búsqueda del simple caos social, en definitiva la guerra, lo que deja en una posición de indefensión a aquellos que están dentro de la comisaría, sabedores de una muerte cercana.



Del mismo modo que en su posterior "La niebla", donde la propia niebla creaba el ambiente para el advenimiento de aquellos piratas que buscaban venganza, aquí Carpenter hace uso de la oscuridad para planificar el ataque de los pandilleros, a modo de amenaza encubierta y en pleno centro de la ciudad, alejado de esa comisaría aislada y rodeada de fábricas del "remake". La libertad de la que gozan los asaltantes y la permisibilidad con la que se mueven por la ciudad se expone en una de las secuencias más violentas de la historia del cine, aquella en la que uno de sus miembros asesina a sangre fría a una niña disparándole a bocajarro en la puerta de una coche de helados. Si creíamos que el hecho de colocarnos a un protagonista típicamente "blaxpoitation" era ya una declaración de transgresión, la decisión de rodar esta escena de manera explícita y no elíptica vuelve a poner de manifiesto que por aquellos tiempos Carpenter se movía muy a los márgenes de la industria.

Otros dos aspectos destacan en esta magnífica película. Por un lado, la construcción de los personajes y sus relaciones entre sí, encabezados por el Teniente Bishop, ese policía que se mueve entre el cumplimiento de su deber y la necesidad innata de intentar escapar de la comisaría. Enfrente se encuentra su némesis, Napoleón Wilson, auténtico antihéroe "carpenteriano", cínico hasta la médula, y con un repertorio de frases inolvidables. La función se completa con la relación que se establece entre el propio Napoleon y una policía, Leigh (personaje femenino que destroza literalmente los estereotipos de mujer débil y pasiva), bastante más sugerente que discursiva, basada en las miradas y en el fuera de campo. Por último, es digno destacar la banda sonora compuesta por Carpenter, un alarde de simplicidad a través del uso de sencillos "samplers" pero que acompaña fielmente a la narración.



En cuanto al "remake" dirigido por el francés Jean-François Richet, podemos decir que se trata de una puesta al día bastante sobria y olvidable. A pesar de tomar la base del asedio y del grupo de personas que se resisten en el interior de la comisaría con la ayuda de los reclusos, se apuesta más por la acción y por los tiros que por la creación de atmósferas. A Richet le interesa poco situarnos en un edificio y transmitir esa sensación de desasociego ante la amenaza de un grupo mayor en número y más preparado.

No ayuda para ello la presentación de los personajes. Los guionistas establecen un cambio de roles, donde el sargento es blanco y el criminal afroamericano, que no funcionan debido a la adopción simplista de estereotipos. Ethan Hawke es dibujado como un policía torturado, que se aferra al alcohol y a las drogas para superar el trauma de haber tomado una mala decisión en el pasado, y aprovecha esta oportunidad para mostrar su faceta de héroe y poder redimirse en el intento. En este sentido, se pierde gran parte del pragmatismo del teniente de Carpenter, que se encuentra en el lugar equivocado y a la hora maldita, transformandolo en el prototípico héroe de acción. Su compañero de acción es encarnado aquí por Lawrence Fishburne, que intenta dotar a su personaje de un control de la situación y de una tremenda frialdad emocional, pero termina confundiéndolo con un clon de su Morfeo, estando más cerca de la omnipotencia divina.

En una decisión más acorde con los tiempos actuales, Richet sustituye a los pandilleros por un grupo de policías corruptos, comandados por un desaprovechado Gabriel Byrne. Esta decisión es totalmente respetable pero el film adolece así del carácter más salvaje del motivo original.

"Asalto a la comisaría del distrito 13" versión Richet, es un trabajo muy impersonal, que se queda muy por debajo de la versión del 1976. Tampoco podemos decir que sea una mala película, ya que se erige como un competitivo vehículo para la acción, con ese montaje rápido en base a planos cortos. Se trata de una largometraje ameno, bien rodado pero sin florituras y directo para el disfrute sin exigencias. Al menos no olvida la contundencia del original y mantiene ese cariz violento que se aleja de la acción para adolescentes de otras propuestas, pero está muy lejos de las intenciones y de la maestría que mostró Carpenter para reciclar el género.

Un saludo

(1) Si podéis revisitar la cinta, fijaros en el jefe de los pandilleros. Sus rasgos físicos, la barba, y esa gorra recuerdan al revolucionario Ernesto "Che" Guevara. No es broma...

1 comentario:

Javier dijo...

La original me gusta, pero nunca me ha parecido tampoco el clásico que se dice por ahí.
De todas formas lo que vengo a comentar es que tampoco veo que sea una puesta al día de Río Bravo...se diferencian en bastantes cosas, si yo tuviera que hacer una ecuación para dar lugar a la película sería Río Bravo (ex-aqueo con otros westerns de Howard Hawks)+ La noche de los muertos vivientes, aunque conservando integramente la camaradería y la amistad de la primera.
El dorado sí es un remake de Río Bravo, y para mi gusto bastante inferior, por cierto.