jueves, junio 08, 2006

[Estreno] A propósito de "Misión Imposible III": El enemigo en casa


Dedicado a Miguel C., conspirador y militante de la vida



Podría pensarse fácilmente que el acercamiento crítico a un film como Misión Imposible III (Mission: Impossible. J.J. Abrams, 2006) se reduciría simplemente a las coordenadas más o menos clásicas o tópicas del análisis fílmico. Dedicar un par de líneas a desgranar su convencional argumento, nombrar a Tom Cruise como cabeza única del proyecto, comentar el modelo narrativo que nos presenta las andanzas de este agente secreto a lo largo de diversas localizaciones mundiales, y finalmente despachar la reseña con los tres o cuatro adjetivos de rigor. Pero para empezar, habría que prestarle atención ya desde su primer frame: Misión Imposible III se abre con un primerísimo plano de Tom Cruise/Ethan Hunt, su rostro sudoroso y ensangrentado, profuso en cortes y heridas pero que mantiene una pose, una estética bien cuidada a pesar de lo cuantioso del maquillaje. De esta manera se podría elaborar un sesudo ensayo acerca de la fotogenia en el cine, o de cómo un actor/autor controla un proyecto construido en base a su figura y grandilocuencia. De hecho, podríamos empezar por el semblante aún aniñado de Cruise y terminar con esa fijación de Almodóvar por los hermosos y voluminosos pechos (¿operados?) de Penélope Cruz en Volver (2006). Pero no iremos por aquí, sería más sabroso tratar otro aspecto.

También resultaría de interés analizar la puesta en escena de un talento televisivo como J. J. Abrams en su traslación, no sólo a la gran pantalla, sino bajo las órdenes de un tipo tan egocéntrico como Cruise. Y es que a pesar que un gurú de las ondas como Abrams – con un importante caché cimentado en base a series como Alias y en particular a la extraordinaria Perdidos- ha sabido dotar al film de toques conceptuales similares a los de Alias, finalmente no ha tenido más remedio que plegarse ante las condiciones impuestas por el gran Tom. Pero tampoco quisiera hablar de esto, así que dejémoslo de lado por ahora.

Por último, sería incluso curioso incentivar el debate acerca del nuevo interés dramático que acarrea la última entrega de la saga, al introducir torpemente la doble vida que debe afrontar un agente secreto cuando intenta sobrellevar su exigente trabajo con sus relaciones sentimentales, proyectadas en esta ocasión en una bella Michelle Monaghan. Así, se podría establecer una nada gratuita comparativa entre este largometraje y uno de los trabajos más disfrutables y peor valorados del curso cinéfilo pasado, Sr. y Sra. Smith (Mr. and Mrs. Smith. Doug Liman, 2005), una incomprendida sátira sobre la aburrida vida de una pareja burguesa. Digamos que Misión Imposible III pretende introducir en su tramo final una cierto tratamiento irónico sobre la relación de pareja, pero fracasa considerablemente al tomarse demasiado en serio a sí misma con anterioridad, algo que no ocurre con el socarrón largometraje de Doug Liman, que muestra sus cartas ya desde el principio. También se podría extender uno más en este aspecto, pero mejor dejarlo para otra ocasión. Vamos a lo que más me interesa.



Si por algo se ha caracterizado la saga cinematográfica de Misión Imposible ha sido por sus constantes trasvases de identidad, por las múltiples caras y dobleces morales de sus protagonistas. Ya desde el largometraje firmado por Brian de Palma -donde un integrante del propio MI traiciona a su equipo entero inculpando al superviviente Ethan Hunt- se advierte esta tendencia, también evidente en la secuela de John Woo, donde un ex-agente del MI se escindía de la agencia, obligando a sus superiores a contratar a una espía internacional para que engatusara al desertor, en un descarado plagio de Encadenados (Notorius. Alfred Hitchcok, 1946). Estos temas tan particulares que han manejado las dos primeras entregas se ha materializado en el uso y abuso del gadget más característico de la saga: la máscara que suplanta la identidad de cualquier personaje, fetiche al que por supuesto no es ajeno la tercera parte. Un juego de máscaras tanto físico como psicológico, con personajes que aparentan ser buenos pero que luego devienen en malos, y donde el villano de la función, un peligrosísimo traficante de armas encarnado por el siempre competente Philip Seymour Hoffman, no deja de ser una pieza más de un complejo entramado gubernamental, un medio que se desvela necesario pero prescindible ante el advenimiento de intereses mayores. Es aquí donde radica el aspecto más interesante y también gratificante de esta entrega.

Se dice que el cine refleja –o debe reflejar- el mundo en el que vivimos, no sólo a través de pretenciosos vehículos de autor sino también mediante ese cine “de consumo” aparentemente inane e insustancial. Curiosamente Misión Imposible III tampoco da la espalda a ciertas constantes que se ven reflejadas en demás películas, digamos, comerciales. Lejos de largometrajes donde los terroristas de turno –ya sean arábes, soviéticos, etc…- secuestran al presidente o ponen en peligro al estado de la nación, en el film de J. J. Abrams el enemigo está en casa. A poco que el espectador esté atento y no obvie detalles que pueden parecer puramente anecdóticos, uno descubre que la utilidad del mcguffin de la cinta –esa improvisada “pata de conejo”- no es más que un recurso por parte de un sector gubernamental para invadir un país. El objetivo: vender la “pata de conejo” –en el fondo un arma de destrucción masiva- a una nación árabe para luego atacarla. ¿Concienciación social, crítica nada subliminal, o simple plasmación fílmica de un presente en conflicto de identidad? (1) ¿Quiénes son los buenos? ¿Quiénes son los malos? En el siglo XXI las fronteras morales se han borrado íntegramente, algo que ya parece decir Rob Zombie en la magistral Los renegados del diablo (The devil’s rejects. 2005), donde una peculiar familia de antropófagos se convierte en los héroes de una Norteamérica esquizoide.



Plan oculto (Inside man. 2006) también nos ofrece unas buenas dosis de realidad. Una clásica heist-movie con giro final incluido, se convierte en una simple excusa para que el cada vez menos fiero Spike Lee nos muestre un abanico de personajes mezquinos y ambiciosos, encabezados por un magnate de la banca cuya fuente de riqueza procede de los crímenes perpetrados por los nazis durante el Holocausto; otro retrato moral de policías con pasado turbio que buscan la limpieza de su historial, pijas rubias que se mueven como serpientes entre la corrupción del cuerpo policial, y ladrones de origen extranjero que resultan héroes en busca de una justicia de índole casi medieval.

Mucho más directa e incómoda resulta la interesante aunque muy de diseño V de Vendetta (V for Vendetta. James McTeigue, 2005), en su recado más bien explícito a la administración norteamericana. Los creadores del film decidieron cambiar el look sucio y decididamente catastrófico de la novela gráfica de Alan Moore por una Inglaterra futurista y algo näif, pero a la vez cercana, actual. Así, a pesar de la simbología filo-nazi que rodea a ese gobierno totalitario de naturaleza fascistoide, se sugiere una exageración ficcional de las estrategias de control instauradas por ciertos poderes fácticos occidentales. Las imágenes de los campos de pruebas, que remiten tanto a los experimentos durante el Holocausto como a las torturas en Abu Ghraib o Guantánamo, son una mera cosquilla al lado de las teorías que se manejan en la película, que tienen su base en las conjeturas conspiranoicas que rodean a los atentados del 11 de Septiembre. Más sutil parece el penúltimo trabajo de ese maestro que responde al nombre de M. Night Shyamalan, que en una obra maestra como El bosque (The Village. 2004) articula un discurso sociológico acerca del miedo como mecanismo de opresión, en ese esbozo de una comunidad rural cuyos líderes engañan a los más jóvenes advirtiéndoles de la presencia de monstruos en las cercanías del pueblo: reflexión que hunde sus raíces en la política Bush, que parece dispuesta a crear fantasmas externos sin ser conscientes de sus males internos.



Pero si la autoconciencia política funciona en el cine comercial, el tubo catódico va mucho más allá. Bien vale acercarse a la hipervitaminada 24, creada por Joe Surnow y Robert Cochran, frenético artefacto televisivo desarrollado en tiempo real donde el público es testigo de las inverosímiles aventuras del agente Jack Bauer, en su lucha contrarreloj por solucionar una trama que crece exponencialmente en dificultad y magnitud a cada temporada (2) -aviso: a partir de la próxima línea se pueden desvelar detalles importantes de la 5ª temporada de 24- . En la ya finalizada quinta temporada este antihéroe reaccionario debe desentrañar una conspiración que rodea a la muerte de un ex-presidente, así como desactivar la aparición de una peligrosa célula terrorista. Sin embargo, el argumento termina por implicar personalmente al presidente de los Estados Unidos en una feroz confabulación, y el capítulo final presenta a Jack Bauer apuntando con su pistola a la cabeza del presidente. En este caso, 24 sirve tanto como rasero sociopolítico del estado actual de las cosas así como de reivindicación patriótica del orgullo americano, que aboga por la querencia de los ideales colectivos por encima de intereses individuales. Curiosamente es una cadena tan conservadora como la FOX quien da pie a tal ficción, así como a Prison Break, serie de acción que narra las peripecias de Michael Scoffield, un yuppy que se introduce en una prisión de máxima seguridad para rescatar a su hermano, condenado a muerte por un crimen no cometido. A pesar de estar encaminada hacia la más primaria descarga de adrenalina, Prison Break presenta a una vicepresidenta del gobierno que gracias al control de una gran corporación, intenta acceder a la presidencia haciendo uso de toda clase de complots y tretas ilegales. Una visión nada halagüeña de los entresijos del poder, a tono con la ambigüedad ética y el desconcierto ideológico del mundo en el que vivimos.

Saludos

(1) Mantengo al margen de manera consciente títulos como Syriana (id. Stephen Gaghan, 2005) o El mensajero del miedo (The Manchurian candidate. Jonathan Demme, 2004) al tratarse de largometrajes de un marcado y abierto carácter político.

(2) Agradecer a Sergio su ayuda con respecto a 24, sin la cual no me hubiera atrevido a hablar sobre una serie que no conozco en profundidad.

miércoles, mayo 31, 2006

[Obituarios] Shohei Imamura (1926-2006)

DESCANSE EN PAZ


Nos dice adiós tras una larga lucha contra el cáncer, uno de los más importantes directores japoneses de la Historia. Surgido a finales de los años '50 y consagrado a mediados de los '70 con títulos como The Pornographers (Jinruigaku nyumon: erogotshi yori, 1966) o La venganza es mía (Fukushû suruwa wareniari, 1979), a Imamura se le consideraba como parte de la Nuberu Vagu -si bien él renegaba de esta adscripción-, suerte de Nueva Ola nipona cuya explosión contó con la pujanza de cineastas como Nagisa Oshima y que suponía el rebelarse contra el rígido sistema de estudios clásicos. Para el recuerdo, obras maestras como La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983) o la impresionante Lluvia negra (Kuroi ame, 1989). Su último largometraje fue Agua tibia bajo un puente rojo (Akai hashi no shita no nurui mizu, 2001), bella tragicomedia donde se acercaba a la sexualidad de una manera hermosa y desprejuiciada.

Ahora solo me queda disfrutar con tranquilidad su aportación al film colectivo, 11'09''01, 11 de Septiembre (2002), así como intentar recuperar sus obras menos conocidas. Espero en algún momento rescatar alguno de sus trabajos y homenajearle con el espacio que se merece.

Saludos

lunes, mayo 29, 2006

[Estrenos] "X-Men: la decisión final"



...Decepcionante; o como idiotizar la saga destrozando el estupendo trabajo de Bryan Singer en las dos primeras partes.

Saludos

sábado, mayo 27, 2006

[Especial] BAFF 2006 --- 7ª Jornada

Con un importante retraso con respecto a la finalización del BAFF debido a la falta de tiempo -como véis no actualizo el blog todo lo a menudo que quisiera-, la jornada del viernes del Festival, la última a la que asistí. Creo que es uno de los días más importantes ya que cuenta con, en mi opinión, una de las obras más sobrevaloradas que se presentaron, otra película a la que muchos despacharon de manera casi indigna por su mero envoltorio, y por último, la justa ganadora de la Sección Oficial, una estupenda joya.


Be with me (id. Eric Khoo, 2005): la historia real de una mujer ciega y sorda se entrecruza con las historias de ficción de tres personajes que buscan la felicidad sin conseguirlo.



Green mind, metal bats (Seisyun hunkuzo batto. Kumakiri Kazuyoshi, 2006): Basada en un cómic de Tomohiro Koizumi, es la relación a tres bandas entre un dependiente solitario y algo tarado cuyo objetivo es entrar en un equipo de béisbol, una mujer alcohólica y agresiva, y un policía frustrado y apático.



Grain in ear (Mang zhong. Zhang Lu, 2005): melodrama minimalista donde se desgranan los infortunios de una madre chino-coreana por sacar adelante a su hijo. Todo ello a través de un estilo distanciado que recuerda al cine de Kaurismaki.

Crónica en Tijeretazos

Saludos

domingo, mayo 21, 2006

[Masters of Horror] Episodio 13: Imprint, de Takashi Miike



En la reseña de Dead or Alive (DOA: Hanzaisha, 1996), comentaba que Takashi Miike siempre me ha parecido una especie de espía, aquel que nos desvela qué se esconde realmente tras la idílica fachada de ese Japón “de manual” que nos intentan vender en muchos sitios. Su obra, analizándola más allá de sus depravaciones y salidas de tono habituales, adquiere un carácter de crónica social subterránea, de desglose exhaustivo de las represiones y frustraciones de “salary-men” y yakuzas contemporáneos.

Por supuesto, su trabajo para la serie Masters of Horror no es ajeno a esta temática. En Imprint, Miike recurre a la figura de un "gaijin" (o extranjero) que viaja a Japón con una motivación irremediablemente romántica –recuperar a un antiguo amor y llevarlo de vuelta a los Estados Unidos-, para percutir en su visión nada halagüeña de la sociedad nipona, perfilando dantescas estampas acerca de la prostitución, el aborto, la pederastia, o el incesto. Se podría decir que Imprint es el reverso oscuro de la complaciente Memorias de una geisha (Memoirs of a geisha. Rob Marshall, 2005), artificioso vehículo para la congratulación del público occidental con el imaginario exótico oriental, o incluso una relectura de aquello que inteligentemente nos contaba Kenji Mizoguchi en films como La calle de la vergüenza (Akasen chitai, 1956) filtrado tras el manto del horror. De ahí que lejos de ese mundo sofisticado, de ambientes galantes y cortesanas tuteladas para proporcionar placer, Miike nos muestre un territorio hostil atestado de seres grotescos, transmutando una bella habitación en un escalofriante cubículo donde los celos y las rivalidades devienen en sádicas torturas.

Al igual que en su trabajo para el film colectivo Three Extremes (Saam gaang yi, 2004), Miike parece situar su historia en un contexto físicamente inestable, entre el sueño y la vigilia, en una especie de limbo cercano al purgatorio –y que se tornará en Hades- donde las almas pagan por sus pecados cometidos. Detalles como la brumosa charca que abre su capítulo, que remite a la mitología griega, en particular a la laguna Estigia donde Caronte transportaba a los espíritus hacia el mundo de los muertos, o el hecho de que Miike nunca se deshaga en planos generales, nos permite intuir la construcción de un estado mental, enfatizado además por el uso opresivo del cromatismo y el trabajo atmosférico. Así, la historia –basada en una novela de Shimako Iwai- puede interpretarse como una bajada personal a los infiernos, donde ese enigmático burdel actuaría como resorte de los demonios interiores del protagonista, un horrible Billy Drago con muchos secretos por desvelar. Por último, también hay quienes han querido ver en él una especie de metáfora sociopolítica en forma de crítica acerca de la intervención norteamericana en Japón, debate que surge de manera espontánea ante casi cualquier largometraje que maneje a extranjeros en tierras niponas, y sobre el que prefiero mantenerme al margen.



A todo esto, es necesario reconocer que Imprint no es una obra perfecta ni mucho menos. Si bien estéticamente el trabajo de Miike refuerza esa imagen de circo de los horrores, y el resultado es bastante personal dentro de los límites de trabajar bajo producción norteamericana (1) –cf. la estirada duración de los planos-, la estructura narrativa peca de cierta redundancia y estatismo, en particular dado el desmedido uso del flashback y de un subrayado tosco que deriva en un innecesario efectismo. Igualmente, la secuencia de tortura se alarga de manera inexcusable, buscando esa pretendida marca de fábrica que no por característica es menos gratuita.

Valdría la pena preguntarse si el cine de Takashi Miike envejecerá mal, si dentro de unos treinta años volveremos a ver sus películas y esbozaremos una sonrisa socarrona ante ese catálogo de atrocidades que nos ofrece su obra, pero como el simple resultado de recordar que una vez apareció un director de cine japonés que se atrevió a mostrar lo que muchos piensan/pensamos, pero que nadie se atreve a decir en voz alta. Tal es el ritmo al que procesamos y desdramatizamos las imágenes, en nuestra reacción cada vez más frívola ante la violencia en pantalla, que me pregunto si el día de mañana sus largometrajes serán precisamente eso, un mero despliegue de sadismo ya superado. Es por ello por lo que nos toca bucear, leer entre líneas, despegarnos de las tontas reivindicaciones freaks, para sacar a la luz la verdadera naturaleza de su cine que sin duda existe, más allá de su evidente faceta de trasgresor. Y también obviamente disfrutar del presente, de divertirnos con la incorrección de un trabajo como Imprint, donde por cierto, se nota la huella (y mucho) del malogrado cineasta nipón Nobuo Nagakawa, y en particular, de uno de sus mejores trabajos, Jigoku (1960).


(1) Quizás uno de los aspectos más antinaturales del capítulo sea el hecho de que los actores hablen en inglés, por muy básica que sea su pronunciación.

Saludos

lunes, mayo 08, 2006

[Especial] Park Chan-wook: "De demiurgos y venganzas"


Director estrella del cine coreano actual con apenas cuatro películas conocidas, amado por el público (JSA), por la crítica (Sympathy for Mr. Vengeance), por los festivales de cine (Old boy, Premio Especial del Jurado en Cannes), Park Chan-wook es después de todo un misterio... Director genial para unos, sobrevalorado para otros, un director del que olvidarse para algunos medios, es difícil mantener una postura indiferente frente a él... Nosotros intentamos arrojar algo de luz a través de su obra y de la mano de Roberto Alcover Oti y su revelador ensayo...


Saludos

[Especial] BAFF 2006 --6ª Jornada



Taking father home (Bei ya zi de nan hai. Ying Liang, 2005): rodada en formato digital, es una austera película que cuenta el viaje de un adolescente a la gran ciudad en busca de su padre.




Rampo noir (Rampo Jigoku. Akio Jissoji, Atsushi Kaneko, Hisayasu Sato, Suguru Takeuchi, 2005): cuatro enfermizas historias basadas en relatos cortos del escritor de novelas de misterio, Edogawa Rampo.


Crónica en Tijeretazos

Saludos

domingo, mayo 07, 2006

[Especial] BAFF 2006 -- 5ª Jornada


Bashing (id. Masahiro Kobayashi, 2005): drama social de aspecto cuasidocumental que narra la discriminación social que sufre una voluntaria apresada durante su estancia en Irak, tras regresar a su hogar en Japón.


The Forsaken Land (Sulanga enu pinisa. Vimukthi Jayasundara, 2005): drama que relata el día a día de una familia en una zona rural devastada por la guerra.



What the snow brings (Auki ni negau koto. Kichitaro Negishi, 2005): melodrama clásico donde un joven regresa a su pueblo natal tras el hundimiento de su negocio en la metrópoli. Allí se reencontrará con su pasado, con problemáticas hirientes que deberá resolver.

Crónica en Tijeretazos

Saludos

viernes, mayo 05, 2006

[Especial] BAFF 2006 -- 3ª Jornada



AV (id. Pang Ho-cheung, 2005): comedia de enredos donde cuatro adolescentes intentarán rodar una película porno con una estrella japonesa del género.




Haze (id. Shinya Tsukamoto, 2005): un hombre despierta atrapado en un claustrofóbico tunel sin recordar quién es ni porqué está ahí. Una serie de trampas impedirán su casi nula movilidad.




Worldy desires (id. Apichatpong Weerasethakul, 2005): una pareja huye a través de la jungla, escenas del rodaje de una película musical, el sonido, los árboles, Apichatpong regresa a su selva....



Bambi (love) Bone (id. Noriko Shibutani, 2005): familias desestructuradas, juegos peligrosos, en este drama que nos advierte sobre la alienación de los preadolescentes japoneses.


Crónica en Tijeretazos

Saludos

jueves, mayo 04, 2006

[Especial] BAFF 2006 -- 2ª Jornada



Princess Raccoon (Operetta Tanuki Gotten. Seijun Suzuki, 2005): Extravagante musical que narra la historia de amor imposible entre el Príncipe Amechiyo y la Princesa Tanukihime.



Reflections (Ai li si de jin zi. Hung-i Yao, 2005): Triángulo amoroso conformado por dos lesbianas y un heterosexual, en la Taipei contemporánea.

Crónica en Tijeretazos

Saludos

miércoles, mayo 03, 2006

[Especial] BAFF 2006 -- 1ª Jornada


Big River (Atsushi Funahashi, 2005): Road-movie melodramática a través del desierto de Arizona que narra el encuentro de tres personajes opuestos; un pakistaní que busca a su mujer, un japonés errante, y una sureña sin brújula vital.



Joni's promise (Janji Joni. Joko Anwar, 2005): comedia adolescente sobre las desventuras de un joven que se encarga de transportar los rollos de películas entre las diversas salas.



Invisible Waves (Pen-ek Ratanaruang, 2005): Drama existencial en clave de cine negro, donde un cocinero japonés que vive en Macao asesina a su novia. Tras este suceso deberá huir a Tailandia y esconderse allí durante un tiempo.

Crónica en Tijeretazos

Saludos

domingo, abril 30, 2006

[Especial] BAFF 2006 -- Inauguración



Three Times (Zui hao de shi guang, Hou Hsiao-Hsien. 2005): tres historias de amor protagonizadas por la misma pareja de actores en tres épocas distintas; 1911-1966-2005.

En su escrito Ontología de la imagen fotográfica [1], André Bazin nos hablaba acerca de las posibilidades de la imagen fotográfica, de una naturaleza superior a la pintura en su acercamiento a la realidad, dada su capacidad para reproducirla sin el sesgo brutal del pintor. La fotografía, para Bazin, era un paso más del hombre por congelar el tiempo, por "salvar al ser de las apariencias". De esta manera, el cine era otro peldaño alcanzado: la realización en el tiempo de la objetividad fotográfica. Por ello supongo que si André Bazin hubiera vivido para ver Three times (Zui hao de shi guang. 2005) la habría calificado como "la necesidad incoercible de exorcizar el tiempo". Porque Three Times es precisamente eso, el deseo de un hombre por atrapar un momento, por congelar a dos amantes en una fracción del espacio, en postales rotas por la aparición cadenciosa del fundido en negro.

El realizador taiwanés Hou Hsiao-Hsien, en un expresivo ejemplo de libertad creativa, nos sitúa en sus tres épocas, en esos tres momentos que han marcado su trayectoria cinematográfica, en –como bien reza el título original del film- "los mejores momentos". Three Times puede verse entonces como una recapitulación, un reordenamiento de las ideas que le han llevado a donde está, o también como una mirada nostálgica –o evocación mágica- de los instantes que su cine ha embalsado a través de más de veinte años de carrera. Es Three Times un trabajo absolutamente autorreferencial, un Hou Hsiao-Hsien que mira al pasado para reflexionar sobre el presente, sobre esa preocupación obsesiva de los cineastas contemporáneos por el tiempo, y por como éste afecta a nuestras formas de sentirnos, de amarnos, de mirarnos, de tocarnos, en definitiva, de relacionarnos; a través de un depuradísimo estilo que ya ha despreciado por completo cualquier indicio de sentido narrativo, para crear piezas emocionales y deliciosamente sensoriales, basadas en la exquisita composición del plano y en los mínimos movimientos de cámara.



Hou nos traslada al "Tiempo de amor" en el Taipei del 1966, y conjuga sus espacios personales –esa sala de billar- con una historia ingenua de desencuentros casuales, casi azarosos, en un ambiente disoluto: un joven (Chang Chen) cuyas escapadas del ejército le llevan a reencontrarse con otra joven (Shu Qi) que trabaja en el propio local. Es inevitable recordar pasajes de A time to live, a time to die (Tong nien wang shi. 1985) en ese retrato casi impoluto de la época, de ambientes liberados y de cierto gozo vital. Aquí nos encontramos con el Hou más "juguetón", que esboza dicho período con un innegable sentimiento de añoranza y de melancolía, donde los cuerpos vienen, van, se persiguen, se cruzan cual embarcaciones en el mar, pero que terminan reencontrándose y compartiendo miradas inocentes al amparo de la lluvia. Hou Hsiao-Hsien se permite el lujo de adornar su cuento con oldies como "Rain and tears" o "Smoke gets in your eyes", que lejos de ser un recurso meramente estético, acompaña a las imágenes y parece mecerlas, en particular la secuencia de apertura, donde la cámara se retuerce y se mueve marcando el contorno de los cuerpos en el espacio.

El "Tiempo de la Libertad" nos sitúa en el Taiwán de 1911, en plena ocupación japonesa de la región. La presencia recurrente de las manieristas imágenes de Flowers of Shangai (Hai shang hua. 1998) nos acompañan en la historia de amor entre un intelectual y una concubina. Paradójicamente, ese tiempo de libertad contrasta con la contención emocional de la época, la restrictiva sujeción a las normas sociales y el acatamiento de las férreas costumbres. Hou lo representa mediante la rigidez de los encuadres, donde la cámara filtra la imagen a través de paredes o de puertas semiabiertas. Sus personajes, coartados emocionalmente por la diferencia de clases, se comunican estáticamente, permanecen inmóviles y distantes en un ambiente enrarecido. El director de Café Lumiére (Kôhî jikô. 2003) recurre a intertítulos propios del mudo, pero se echa de menos un mayor desparpajo a la hora de haber rodado todo el segmento a la manera del cine primitivo, ya que la presencia en ocasiones de sonido diegético desecha cualquier motivación de rendir tributo al cine del momento [2].



Las luces de neón, el movimiento, el ruido, los trayectos motorizados, el marasmo tecnológico. El "Tiempo de la juventud" está en el nuevo milenio, en el Taipei siglo XXI. El distanciamiento físico del 1911 desaparece para mostrar a los cuerpos unidos, al sexo como herramienta de dilucidación de las situaciones y de los problemas. La presencia de Shu Qi nos retrotrae forzosamente a las viñetas recargadas y difusas de Millenium Mambo (Qianxi manbo. 2001), a los tiempos de desconexión emocional y a la fragilidad de las relaciones, pero el resto de personajes también nos recuerdan a aquellos que poblaban Goodbye South, Goodbye (Nanguo zanjan, nanguo. 1996), seres que se asfixian en sus propias estancias mentales. La doble relación que mantiene una autodestructiva, epiléptica y díscola cantante de rock con una joven amiga y con un fotógrafo de peligrosas tendencias voyeurísticas es la excusa de Hou para plasmar sus sensaciones acerca del estado de las cosas contemporáneas: visión oscura, apesadumbrada, donde todos invadimos el espacio físico de los demás, donde el sexo es una necesidad mediata que no repara, simplemente prolonga.

Podría decirse que actualmente, Hou Hsiao-Hsien es, junto a otros directores orientales como Tsai Ming-Liang o Takeshi Kitano, la ejemplificación de un cine libre, que crea corrientes sin adherirse a ellas. Three times, sin ser su mejor película, sí puede verse como un apretado catálogo de obsesiones, una síntesis de sus obras previas sin dejar de progresar, del mismo modo que los últimos trabajos de los directores citados breves líneas atrás. Ello nos lleva a pensar que los cineastas asiáticos, esos que han troquelado nuestros esquemas y ampliado nuestras miradas, comienzan a recapitular, a hacer resumen, preparándose para volver a atacar. No sé ustedes, pero yo ya estoy ansioso por saber qué nos espera a continuación.

Ah, y por cierto, bienvenidos al BAFF: la cosa no podría comenzar mejor.


[1] Recogido en el libro ¿Qué es el cine? Bazin, A. Ed. Rialp.

[2] Hou Hsiao-Hsien decidió convertir el episodio de mudo, cuando, por problemas de tiempo, no pudo conseguir que sus actores aprendieran de manera correcta el dialecto taiwanés de la época.

Reseña en Tijeretazos

Saludos

viernes, abril 28, 2006

[Especial] BAFF 2006 8º Festival de Cine Asiático de Barcelona



Un año más, los chicos de 100.000 Retinas nos traen a Barcelona una buena muestra de ese cine asiático que es imposible disfrutar en las salas comerciales. Con una política que apuesta por el riesgo y la innovación, por territorios vírgenes y miradas por sesgar, llega la Octava edición del BAFF. Un año en el que se vuelve a dejar de lado cualquier atisbo de complaciencia o estatismo, y donde destaca la práctica ausencia de largometrajes surcoreanos en casi todas las secciones. Para el que suscribe estas líneas, una edición realmente ecléctica, donde tienen cabida en Sección Oficial largometrajes procedentes de cinematografías tan desconocidas como Singapur o Indonesia. Estableciendo una comparativa con el año pasado, quizás se eche en falta la presencia de títulos con mayor tirón comercial y que abran más al festival. En cualquier caso, diez días de ese "cine invisible" que no tiene cabida por estos lares.

A todos los lectores, citarlos en Tijeretazos.Caos para la obligada lectura de crónicas diarias, si bien por problemas logísticos y salvo aviso, las reseñas comenzarán a publicarse a partir del próximo lunes. Nos vemos, pues, en el BAFF

Un saludo

martes, abril 25, 2006

[Avance] Park Chan-wook: "De demiurgos y venganzas"



0. Breves notas sobre el actual cine surcoreano

"Resulta sumamente interesante revisar hoy, con el tiempo a nuestro favor, toda una serie de artículos, monográficos, dossiers, o incluso documentales televisivos sobre el emergente cine de Corea del Sur. Lo que hace unos años parecía ser una nueva mina para la crítica sedienta por descubrir nuevos valores, una cinematografía inédita a la cual vindicar urgentemente gracias a la labor de los festivales especializados, se ha tornado en un terreno farragoso, plagado de reticencias y de voces que exclaman “yo no he sido”. Pero tampoco vayamos ahora de eruditos y visionarios, ya que nosotros también nos lo creímos. Y lo hicimos porque estábamos ávidos de devorar nuevas obras, de disfrutar de otras miradas, de descubrir extrañas maneras de narrar (...)"

1. Judgement: Obsesiones enlatadas

"Podría uno atreverse a analizar la obra de Park Chan-wook abstrayéndose de visionar Judgement (Simpan), cortometraje de 26 minutos rodado en 1999, lo cual sería un gravísimo error, dada cuenta que es un trabajo paradigmático para comprender las preocupaciones tanto formales como temáticas del surcoreano. Y es que como en el caso de otros realizadores –contemporáneos o no-, el acercamiento a sus cortometrajes nos permite entenderles con mayor claridad que al estudiar sus largos, dada la mayor libertad de expresión –y por consiguiente, menos acotaciones comerciales-, que permite el formato corto (...)"

2. Joint Security Area: Bajo los designios del cine de consumo

"(...) Es difícil encontrar en JSA la marca personal de su director, ante un producto perfectamente diseñado para su éxito comercial. Chan-wook se plega ante las demandas de la producción y sirve en bandeja lo que se espera de él: una factura visual impecable y una acusada concisión narrativa. Pero a pesar que JSA es una película donde lo visual se encuentra siempre supeditado a la historia, y donde Chan-wook se encuentra maniatado, está lejos de ser un film despreciable, más bien todo lo contrario. Lejos de propuestas moralizantes y sensibleras como Lazos de sangre, JSA es un thriller crudo, sin happy-endings, de una acritud que lo convierte en ocasiones en una pieza no muy fácil de digerir, (...)"

3. If you were me: Un interludio social

"La aportación de Park Chan-wook, titulada convenientemente N.E.P.A.L. (Never ending peace and love) pasar por ser, sin embargo, el eslabón más débil de la cadena (...) El elemento dramático choca frontalmente con el humor negro que el realizador insufla en la narración, convirtiéndose su historia en un lodazal plagado de personajes grotescos y exagerados que no concuerdan con el tono realista y cuasi documental que desprende por momentos el relato (...)"

4. Sympathy for Mr. Vengeance: La lucha de clases según Park Chan-wook

"La puesta en escena en Sympathy for Mr. Vengeance huye de excesos formales y radicales movimientos de cámara. Park Chan-wook se transforma en un inesperado meteur-en-scéne, adoptando un tono minimalista, ecuánime, y nada enfático, decantándose por el trabajo con los espacios aprovechando la amplitud que le concede de nuevo el formato scope, a través de unos encuadres cuya desnudez nos recuerda que su protagonista es también un ser desnudo ante el mundo, dada su incapacidad para comunicarse. La ausencia de banda sonora, la fotografía en base a tonos grises y sepia, acompañan a unos dilatados tiempos muertos que solo parecen romperse por la irrupción de súbitos estallidos de violencia, cargada de un crudeza que se mueve entre la ejercida por los yakuzas del cine de Takeshi Kitano, y la hiperrealista visión de ella en los trabajos de ese entomólogo que es Michael Haneke (...)"

5. Old Boy: Juegos de humillación

"(...)Es así como el que firma estas líneas se siente al hablar de una obra maestra como Old Boy: un film epiléptico, muestra de cine (im)puro, de emociones instintivas, un tour de force visual extrañamente poético a la par que romántico, deliberadamente sádico, de una autonomía genérica que abruma, y que obliga a vivirlo sin coartadas morales ni relativismos de manual, adentrándose en él gracias a su alegórico punto de partida, desde ese brazo que agarra la corbata/cuello del espectador para no soltarlo, hasta ese bello y turbio epílogo en un níveo paisaje nevado (...)"

6. Cut: Delirios referenciales

"Cut es una particular pieza de cámara, una especie de teatro del absurdo con ínfulas de Callejón sin salida (Cul-de-sac. Roman Polanski, 1966), donde nos enfrentamos a una ácida sátira del mundo del cine, en la cual es un extra fracasado quien prepara una hiperbólica y perversa puesta en escena, en su objetivo de humillar a un director de cine. Lo estúpido y surrealista de su leit-motiv –especie de ajuste de cuentas con raigambre en la diferencia de clases- deja entrever su objetivo de experimentación visual y de ejercicio de estilo, sin olvidar las referencias autoparódicas (...)"


7. Sympathy for Lady Vengeance: La sublimación de lo formal

"Sympathy for Lady Vengeance es la firme constatación de la grandilocuencia de Park Chan-wook, de su elevado ego. La búsqueda insaciable por superar lo insuperable, por ir más allá de lo probado, perjudica inevitablemente a una historia que dada su elevadísima dramaturgia, hubiera necesitado otro enfoque. Si en Cut, la artificiosidad acompaña de la mano a una puesta en escena “granguiñolesca”, y se advierte simplemente un afán por experimentar dentro de los parámetros lúdicos que sustentan el relato, en Sympathy for Lady Vengeance, la narración se le escapa de las manos a su realizador dado su profundo enquistamiento en la composición visual. Solo el riesgo de aquel que busca –como ya comenté antes- el “bigger than life” explica una estructura tan deslavazada, fragmentada en múltiples flash backs que obligan al director a tirar del, a menudo, discursivo recurso de la voz en off, para administrar una coherencia a lo que cuenta (...)"

El estudio será publicado íntegramente el 8 de Mayo en Tijeretazos.Caos, tras la finalización de la 8ª edición del BAFF.

Saludos

sábado, abril 22, 2006

[Entrevista] Shinya Tsukamoto en "Tijeretazos"


Aquí dejo el enlace a una entrevista al realizador nipón Shinya Tsukamoto, que es personalmente uno de mis directores japoneses favoritos (contemporáneos) junto a Kiyoshi Kurosawa, Takeshi Kitano, Shunji Iwai o Takashi Miike. Su cine personal, el acercamiento al género sin atender a modas o a corrientes, su experimentación visual, el aspecto reflexivo de sus largometrajes; son aspectos que lo convierten en uno de esos tipos únicos en este mundo del cinematográfo.


"Shinya Tsukamoto es un extraño bicho en la filmografía japonesa. Irrumpió con un par de cortos furiosos, entre el terror y la ciencia ficción, cuyo corolario fue el largometraje Tetsuo, the iron man, con el que destacó inmediatamente como un zarpado director cyber punk (todo esto partiendo de que la denominación "cyber punk" exista y signifique algo). Tetsuo fue una película hecha de a retazos, con un Tsukamoto que recién había renunciado a sus laburitos como director de publicidades y parecía dedicado en cuerpo y alma a la venganza. Cuerpos mutantes, carne y metal, muy poco diálogo, blanco y negro hipercontrastado, animaciones cuadro a cuadro entre toscas y expresionistas, realmente Tetsuo pegó fuerte, y dejó a Tsukamoto en una muy buena posición en el mercado ponja. A partir de ahí, parece haberse puesto las pilas en no quedar pegado: realmente si algo unifica las películas de este hombre es que son totalmente distintas entre sí. Así y todo se lo sigue tratando como a un jovencito cyber punk, pero aquí están las películas y sus palabras para llevar la contra a este item".

Saludos

viernes, abril 14, 2006

martes, abril 11, 2006

[Inciso Musical I] Marvin Gaye



(...)Let's get it on, sugar
Let's get it on
We're all sensitive people

With so much to give
Understand me, sugar
Since we've to be here
Let's live
I love you
There's nothing wrong with me
Loving you, baby no no
And giving yourself to me can never be wrong
If the love is true
Don't you know how sweet and wonderful life can be
I'm asking you baby to get it on with me (...)
("Let's get it on")



Saludos

jueves, abril 06, 2006

[Estreno] "El pozo" (2005) de Renpei Tsukamoto: "Exploitation" oriental


Ya va siendo hora que agradezcamos al cine oriental su vital aportación al desarrollo del género de terror moderno, a través de unos films cuyos postulados teóricos no dan la espalda a la sociedad actual, sino que hace suyos sus problemas e inquietudes, codificándolos bajo los mecanismos del cine de género. De esta manera, el fenómeno “Ringu” y derivados vienen a ser una extensión más abstracta e intangible de los designios de la “Nueva Carne”, surgida en los años ’80, y cuya representación oriental va desde el “cyberpunk” japonés –con el cine seminal de Shinya Tsukamoto, y el manga de Katsuhiro Otomo como principales valedores- hasta la biomecánica del cyborg –donde destacamos a Mamoru Oshii y su obra Ghost in the shell-. Así, de la fisicidad de los cuerpos unidos al hierro, de la degradación de la carne a manos del metal, en una mutación tan desagradable como aparentemente placentera, hemos pasado al objeto tecnológico como difusor del mal. Es decir, se nos sigue hablando acerca del poder alienante de la tecnificación, y de la tecnología como herramienta autoimpuesta de deshumanización. El “nuevo” cine de terror oriental, consciente de este proceso, ha sabido reciclar viejos temas –las historias clásicas de fantasmas, el llamado kaidan eiga- y situarlos en este presente desestructurado, acudiendo también al melodrama familiar como foco de la tragedia.


Todo esto viene a colación de un título que posiblemente no haga méritos para ser reivindicado en el futuro, ni siquiera para ocupar un lugar en un supuesto “top” dentro de este subgénero, pero nunca está de más refrescar memorias y colocar a cada cosa en su sitio. Porque a pesar de lo comentado en el párrafo anterior, El pozo (Chakusin ari 2, Rempei Tsukamoto, 2005) no será mejor película de lo que es, no se convertirá en un film de culto porque su mediocridad es sumamente aplastante, pero sí que puede ser degustada sin prejuicios y aceptando su condición de producto de “usar y tirar”. El pozo –a pesar del sospechoso cambio de nombre- viene a ser una secuela de Llamada perdida (Chakusin ari, Takashi Miike. 2003), película que a su vez se inspiraba directamente de la surcoreana Phone (Pon, Ahn Byeong-Ki. 2002), en el uso del teléfono móvil como propagador del fantasma vengativo. Llamada perdida tampoco era nada reseñable, pero superaba sus limitaciones gracias a la ajustada dirección del iconoclasta Takashi Miike, que jugaba a medio camino entre la parodia del cine de adolescentes y una preferencia por el horror más físico y macabro. Su gran éxito comercial propició la inevitable secuela, que también ha alcanzado altas recaudaciones en un país cuya taquilla sigue estando controlada por los “tanques” norteamericanos. Igualmente, El pozo llega a las pantallas españolas aprovechando el tirón del género entre los adolescentes, explotadísimo en su vertiente videoclub, dada la aparente intención de las distribuidoras de saturar el mercado hasta que explote.

El pozo es una secuela independiente, es decir, funciona sin necesidad de haber visionado Llamada perdida. Todo ello a pesar de que maneja a varios mismos actores, como Renji Ishibashi en el papel del detective Motomiya, y que hay constantes referencias a la primera parte, ya sea de forma verbal o en flash-backs. La acción se desata durante una comida en un restaurante chino, donde dos amigas, junto al novio de una de ellas que trabaja como camarero, son testigos de una inquietante melodía de un móvil que rememora un episodio acaecido tiempo antes, que culminó con una serie de muertes en extrañas circunstancias. Los crímenes precedidos del sugestivo tono –verdadero leit-motiv de la película- volverán a repetirse, y será la pareja protagonista, ayudados por una periodista –a posteriori, el personaje con más enjundia del relato- los encargados de desentrañar el fatal misterio.


Se podría decir que El pozo es una película que funciona por exceso. Ya desde la primera secuencia se nos introduce una situación de terror, para que sepamos en que terrenos nos movemos, y a partir de aquí, en pocas escenas no somos testigos de presencias sobrenaturales, a través del omnipresente espectro infantil. Lo interesante es que, a diferencia de la inminente Shutter (Banjong Pisanthanakum y Parkpoom Wongpoom. 2004), al menos El pozo muestra una coherencia a la hora de plantear las diversas apariciones, sin dar la sensación de estar jugando con la inteligencia del espectador, obligándolo a moverse al límite de la llamada “suspensión de la incredulidad”. Aún así, la película de Renpei Tsukamoto no esconde precisamente su carácter de “exploit” puro y duro: si antes era sólo Japón el foco de la maldición, ahora también es Taiwán; si antes retorcíamos un poco a una chica hasta asfixiarla, ahora convirtámosla en un cubo de Rubik; si antes era un fantasma, ahora…. Los agujeros en la narración están ahí, así como una deficiente construcción de los personajes, lo cual no importaría tanto si no se desarrollara una sensiblera y artificial relación amorosa entre dos de sus protagonistas. También hay más cosas que no encajan, como esa capacidad de los guionistas nipones para enrevesar las historias hasta límites incomprensibles.

Pero quedarnos con lo negativo sería injusto, ya que no podemos olvidar la elegante dirección de Renpei Tsukamoto: su apuesta por la atmósfera antes que por el golpe de efecto, o la planificación ciertamente sádica de algunas muertes. Por último destacar una secuencia que ya merece por sí sola la producción del largometraje y que entronca con el primer párrafo: aquella en la que su protagonista (Kyoko) camina a través de una calle plagada de personas hablando con su móvil, donde nadie mira a nadie y todos parecen convivir en un estado casi simbiótico con el elemento tecnológico. Y es que hasta en el “exploit” más olvidable, hay momentos que merecen ser recordados.

Saludos

domingo, abril 02, 2006

[Masters of Horror] Episodios 11 & 12

"PICK ME UP" (Larry Cohen)


Pick me up, dirigida por Larry Cohen, parecer ser una nueva puesta al día del fenómeno "monster-mash movies", ese invento de los estudios Universal cuando sus franquicias de monstruos clásicos comenzaron a perder "punch" entre el público. La manía de unir a Drácula con Frankenstein o con el Hombre Lobo derivó en la extinción de un género, que afortunadamente consiguió revitalizarse con la posterior intervención salvadora de Hammer Films. Ya en la actualidad, la jugada parece reinventarse a costa de engendros como Freddy vs Jason (Ronny Yu, 2003) o Alien vs. Predator (Paul W. S. Anderson, 2004), vuelta de tuerca de las respectivas franquicias, si bien no aseguro que haya sido del agrado de sus respectivos seguidores. Afortunadamente, Pick me up es bastante más divertida y cuenta con momentos más que interesantes en cuanto a la puesta en escena se refiere.

En un intento por abarcar todos los sectores del género del terror dentro de Masters of Horror, echábamos en falta ese retorno a las solitarias autopistas americanas, esos parajes de la América rural donde lo inhumano y lo salvaje se dan la mano. Y que mejor forma de regresar a tan añorado espacio que guiados por dos clásicos: el Camionero asesino y el Autoestopista sádico.

Pick me up nos introduce en el juego del gato y el ratón que mantienen ambos psicópatas en su intento por convertirse en el peor "serial-killer" de la América Profunda, junto a una inocente joven -la siempre morbosa Fairuza Balk- que intentará escapar de ambos. Desvencijados moteles de carretera, guiños a Psicosis y a La Matanza de Texas; el trabajo de Larry Cohen es, ante todo, un episodio multireferencial, que coquetea de forma irónica con las costuras del género, jugando con el espectador para ver si éste puede adelantarse a los acontecimientos. Bien narrada, no exenta de agradecidas cantidades de sangre y vísceras, quizás se excede en un cierre deliberadamente cómico, que recuerda a esos divertidos episodios de la serie Historias de la cripta. Olvidable, algo extensa, pero de gratificante visionado.


"HAECKEL'S TALE" (John McNaughton)



Otro de los perdidos para la causa, en este caso John McNaughton, firma un episodio que debió haber dirigido George A. Romero, y que dado el tono de la historia, hubiera resultado mucho mejor de lo que es. De hecho, Haeckel's Tale se podría haber subtitulado: "la imposibilidad de concebir un relato gótico tradicional". Porque es esto lo que realmente el espectador se pregunta tras el fin de la historia, cuestionándose la plasmación de una atmósfera que parece diluirse en este cine de la postmodernidad.

Haeckel's Tale posee todos los elementos que compondrían el mejor de los cuentos góticos, una historia que podría encajar perfectamente en la filmografía de un Terence Fisher, un Roger Corman, o un Mario Bava. Un caballo guiado por un desesperado joven se adentra en un frondoso bosque durante la lluviosa noche, accediendo finalmente a la morada de una pérfida nigromante. El joven, absorto en su locura tras la muerte repentina de su esposa, le pide a la vieja mujer que la traiga entre los muertos mediante el uso de sus poderes arcanos. Pero antes, él deberá escuchar la historia de Haeckel. Es aquí donde comienza un largo flashback que abarcará casi todo el relato; la historia de Haeckel, un joven médico con aspiraciones a Dr. Frankenstein, mezcla del Doctor de la novela de Mary Shelley por su inocente curiosidad científica, el Peter Cushing de la saga Hammer en su desafío "nietzschiano" al Creador, y un buen puñado de hormonas en estado de implosión. Así, lo que se inicia como la enésima revisión del mito del eterno Prometeo, se va desvinculando paulatinamente de los manidos clichés para abordar el género de zombies.

El problema de Haeckel's Tale radica principalmente en su falta de frescura, en cierto espíritu desgastado, que invita a reflexionar sobre si el terror gótico puede seguir contextualizándose en pleno siglo XIX, o debe integrarse en los tiempos que corren, como en la sensacional Sorum (Yun Jong-chan, 2001), que podría pasar por una personalísima adaptación de un relato de Poe en la Corea del nuevo milenio. Tampoco ayuda la impersonal dirección de McNaughton, que no le imprime apenas garra a su capítulo, cuyos méritos reposan sobre todo en el guión, o lo que es lo mismo, en la historia corta en la que se inspira, escrita por Clive Barker. Solo el enfermizo clímax, retorcido y trasgresor salvan a un producto que responde a las inquietudes de su director, es decir, a ninguna.

Saludos

jueves, marzo 30, 2006

[Retro] "La noche de Halloween" (1978) de John Carpenter: La cotidianeidad del mal


Resulta lamentable que, de todos los aspectos positivos que posee La noche de Halloween (Halloween. John Carpenter, 1978) –que son muchos, créanme-, su influencia en el cine de terror posterior se haya limitado a la explotación de una serie de “tics” y clichés que el género solo ha sabido desvirtuar y ultrajar. Adolescentes copulando y consumiendo drogas, que terminaban siendo pasto de salvajes “psycho-killers” enmascarados sin otro leit-motiv que el “splatter” puro y duro. De esta manera, un género intrínsecamente trasgresor como el terror se terminó acomodando a los parámetros del establishment, aleccionando a modo de extensión cinematográfica de la política Reagan de los ’80, mediante el uso de tópicos acotados a la moral neoconservadora (la agrupación entre el sexo, las drogas y la muerte, la heroína virgen, etc…). Pero la intención de un cineasta siempre a contracorriente como John Carpenter estaba lejos de lo que derivó su obra. Inspirándose directamente en los métodos narrativos del “giallo”, Carpenter establece las bases temáticas de un nuevo subgénero (el "slasher"). Sin embargo, a diferencia del acabado formal de directores como Mario Bava o Dario Argento, cuyo cine se basa en una recargada puesta en escena, a través de abigarrados encuadres, hiperbólicos movimientos de cámara o excesos hemoglobínicos, Carpenter se decide por un tratamiento muy depurado, por un minimalismo formal que crea una inusitada sensación de desasosiego, un temor a lo cotidiano, incluso a lo neutro.

La noche de Halloween es el ejemplo de cómo hacer uso del espacio escénico para la creación de una atmósfera asfixiante y perturbadora, sin necesidad de acudir a convenciones clásicas como la noche o la mansión encantada. Ya no es necesario un paseo por los barrios proletarios del Londres victoriano, una ducha nocturna en un solitario motel de carretera o un trayecto motorizado por la América profunda, para palpar el peligro. Ahora el Mal está cerca, nos persigue de día, acecha en una comunidad burguesa donde los jóvenes aprovechan la salida de sus padres al mall más cercano, para fornicar con sus novias y luego ver películas de terror conscientes de que están a salvo. Carpenter establece un juego metalingüístico al decirnos que nosotros, voyeurs cinematográficos, consumidores de tragedias ajenas, estamos siendo observados por un merodeador, por otro voyeur aún más letal.


El estudio del Mal presente en La noche de Halloween está plenamente justificado. Carpenter lo presenta mediante tres factores. En primer lugar, a través de la puesta en escena, con el uso del plano-subjetivo como figura retórica estilizada, que por momentos rompe con una cierta ortodoxia narrativa, que subraya esa capacidad del psicópata para “poseer el espacio” (1), para demostrar que éste está bajo su control. También destaca el uso del formato scope, que unido a la profundidad de campo y a esos largos plano-secuencia, inciden en una visión decadente de las urbanizaciones norteamericanas: zonas solitarias, de aspecto mortecino, plagadas de personajes mezquinos y poco solidarios. En segundo lugar, Carpenter priva a su asesino de rostro adjudicándole una máscara blanca, fetiche que recalca al Mal como entidad abstracta e intangible. La máscara no es más que un elemento que dota a su propietario de un carácter anónimo, es decir, el asesino puede ser cualquiera.

Y en tercer lugar, el contexto. La elección de la noche de Halloween no es para nada casual o fortuita. Carpenter, en su intento por explorar el Mal en estado puro, sitúa la acción en el 31 de Octubre, que según leyendas célticas daba inicio a la despedida del Sol, y al anuncio del frío y la oscuridad. En ella, el Señor de la Muerte tomaba prisionero al Sol y convocaba a los espíritus. Por tanto, All Hallow Even, desprovista de sus matices festivos, procedía de una tradición pagana donde el Mal campaba a sus anchas durante toda la noche. Es por ello que Michael Myers se presenta como un asesino en serie casi sobrenatural, cuyo inquietante jadeo no se detiene a pesar de los disparos. Un psicópata que no atiende a motivaciones existenciales ni a traumas psicológicos, por mucho que las inevitables secuelas se dedicaran a explicitar.

(1) Gonzalo de Lucas, El cine de terror moderno, Dirigido por, nº 291, junio de 2000.

Saludos

martes, marzo 28, 2006

[Lo que no podemos ver] "Imprint" de Takashi Miike...su aportación a "Masters of Horror"


Mientras intento sacar tiempo para escribir las últimas cuatro reseñas de "Masters of Horror" -que por cierto, serán publicadas en sentido inverso-, me permito el lujo de colgar unas fotos del episodio "Imprint", dirigido por Takashi Miike, que como todos sabéis, ha sido censurado en U.S.A. para la televisión, pero que será recuperado en DVD y que al parecer, se estrenará en los cines de Japón.

La gran noticia saltó hace unas semanas, cuando una televisión británica compró los derechos del episodio para emitirlo a principios de Abril. De todos modos, no hay confirmación absoluta de lo que sería una grandiosa buena nueva. Así que más vale relamerse con estas imágenes, de lo que es el primer trabajo de este terrorista cinematográfico en Estados Unidos. La contundencia de las instantáneas bien vale esperar lo mejor.









Saludos

sábado, marzo 25, 2006

[Retro] "El acorazado Potemkin" (1925) de Sergei M. Eisenstein: ....ya salvaremos eso en el montaje.


Mediante esta máxima iniciaba Jean-Luc Godard uno de sus múltiples artículos que redactó para Cahiers du Cinema, en particular El montaje, mi hermosa inquietud (1), aquel en el que defendía el montaje como la última palabra de la dirección, a modo de rúbrica final, y como pieza inamovible del entramado fílmico que surge de manera (in)consciente mientras se planifica. Con esta afirmación tampoco destierro las teorías de Andre Bazin: su preferencia por reflejar las situaciones a través de las tomas largas y la prohibición del montaje como manera de trampear la realidad (¡bendito sea el plano-secuencia en el cine del nipón Kiyoshi Kurosawa!), pero el realizador, como ilusionista que es, necesita del montaje para engañar al espectador. El cine, incapacitado de reflejar una realidad objetiva, debe acudir al montaje como el medio preciso para deconstruirla y dotarla del sentido que el director quiera, que es al fin y al cabo el juego que nos propone el propio cinematógrafo.

Esta pequeña reflexión no tiene otro sentido que enlazarse con las ideas cinematográficas de Eisenstein acerca del montaje, así como con el uso que hace de ellas en su obra más conocida, El acorazado Potemkin. Al cineasta ruso se le podrá criticar su exacerbada ideología, así como una gran desfachatez a la hora de vendernos su discurso político (a veces más por las formas que por el contenido), pero hay que reconocer la vigencia de sus teorías y la coherencia con sus ideas; y es que en definitiva, para él el cine no era más que un vehículo ideológico con el cual era necesario comprometerse.



El acorazado Potemkin supone un paso más en el planteamiento de una idea revolucionaria, cuya semilla se hace palpable en el discurso de Lenin que abre la narración. Si en La huelga asistíamos al levantamiento de un grupo de obreros en una factoría, que terminaría con su posterior ejecución a manos de los soldados zaristas, en El acorazado Potemkin se vuelve a partir de un episodio histórico para posteriormente trascenderlo y erigirlo en una auténtica epopeya social. Desarrollada en cinco actos a modo de tragedia clásica, en ella se hace patente la posición ideológica del director, no solo a través de las numerosas consignas revolucionarias enmarcadas en los intertítulos o al dibujo de los antagonistas (esos generales erguidos y de mirada tiránica, o el aspecto caricaturizado del sacerdote), sino también a la puesta en escena, desde la manera de encuadrar a los propios generales, a menudo en semi-contrapicado para mostrar su carácter impositivo, a la demagógica secuencia en Odessa donde la madre sube las escaleras con su hijo muerto en brazos, mientras mira a la cámara y exhorta a la audiencia, pasando por la escena donde el marinero rompe el plato con la inscripción sacada de una oración religiosa. Eisenstein vuelve a hacer uso de su “montaje ideológico”, tanto en su vertiente meramente simbólica y algo discursiva (el plano de los gusanos mostrado a continuación de la caída al agua de un oficial y el posterior intertítulo), como integrado en la narración (el montaje alternado del sable del oficial, el crucifijo del sacerdote, y el pelotón de fusilamiento).

Liberada pues de su carácter de panfleto revolucionario, El acorazado Potemkin es todo un ejemplo de planificación sin acudir a banales movimientos de cámara, con el uso del montaje tanto como elemento de continuidad e inmediatez en la secuencia de la sublevación, o para dominar el tempo cinematográfico e incentivar el dramatismo de la matanza en las escaleras de Odessa. Puede que Eisenstein quisiera atacar a nuestro intelecto y convencernos con sus ideas, pero es innegable que el brío y la fuerza dramática de El acorazado Potemkin son ejemplares, provocando una intensidad indiscutible en su visionado, aún hoy, ochenta años después de su realización.

(1) Cahiers du Cinema, nº 65, diciembre de 1956

Saludos

miércoles, marzo 22, 2006

[Work in progress.....] Park Chan-wook


Como habréis comprobado, hace ya un tiempo que no actualizo el blog. Bueno, resulta que entre compromisos varios, acabo de empezar a redactar un breve escrito acerca del cine de Park Chan-wook (o Chan-wook Park), que debo terminar para principios de Abril (¡¡¡maldito Jacquemort!!!...jejeje). Así que eso, ruego mil perdones.....

Saludos

lunes, marzo 13, 2006

[Cine español] "Habana Blues" (2005) de Benito Zambrano: Falacias a son de nada


Desgraciadamente no somos impermeables, somos seres imperfectos, con filias y fobias, con grandezas y bajezas. Al enfrentarnos a ciertos films, cargamos con una serie de prejuicios que luego se detectan con facilidad en nuestros comentarios o críticas. Y es que a pesar que, desde este rincón, siempre he intentado abstraerme de estos factores para colocarme en una posición casi demiúrgica frente al largometraje, libre de impurezas para mostrarme lo más neutral posible, hay momentos en que esto es imposible. En esta ocasión es imposible no sólo por el tema que trata, sino por la manera con la que es tratado, y la hipocresía moral de la que hace gala. Porque señores, vamos a empezar dejándolo bien claro: Habana Blues (Benito Zambrano, 2005) es un auténtica vergüenza, una farsa, una mentira, un videoclip barriobajero que poco se distingue de un "Operación Triunfo" cualquiera, una película que va de "moderna", pero que no deja de ser distinta de cualquier blockbuster ñoño y sensiblero de nuestro querido y siempre criticado Hollywood.


Hace unas semanas, escribía una frase de David Lynch, que más o menos venía a decir que en el cine, uno nunca debe caer en el terreno de lo tibio. Es este el terreno que pisa Zambrano, que parece haber borrado de un plumazo las buenas expectativas que levantó Solas (1999), con su retrato "clean" y suavizado de la realidad cubana. No creo esta sea la Cuba que vió Zambrano, o si la vió, es una Cuba sesgada por la mirada del turista complaciente. Son mínimos los matices presentados para reflexionar acerca del estado precario en el que viven sus habitantes, detalles tan insubstanciales y hueros que lucen impostados, al igual que la mayoría de frases tendenciosas que inundan la narración, en un intento de dar seriedad a lo que las imágenes no muestran. Por falsedad, incluso son engañosos esos travellings que muestran las calles de La Habana a ritmo musical, que prefieren captar lo bello de ese espíritu retro, que la situación de miseria y de crisis material, social e ideológica que desprende el país.

La Cuba de Zambrano se divide en dos: aquella que desea irse del país malvendiendose al cruel capitalismo, o aquella otra que prefiere quedarse y vivir con ¿dignidad? y ¿libremente? al son de su música (arte). ¿Me está diciendo Zambrano que es mejor vivir con dignidad en una dictadura, donde ni siquiera uno puede expresarse sin sometimientos, a marcharse a un país libre y ser "esclavo" de una multinacional musical? ¿Acaso está comparando el Sr. Zambrano un régimen represivo y totalitario que fusila a personas por pensar de manera distinta, con las poderosas multinacionales, esas que coartan la "libertad" del artista? Pero es que lo peor no es que defienda esta postura -y de todos modos, le recomendaría que se fuera a vivir a Cuba, para que hiciera cine libre-, sino la manera en que lo hace, de forma maniquea y partidista, tras las figuras de dos amigos que forman un grupo de música. ¿Alguien se ha fijado cuantas secuencias dedica a cada postura? ¿O como dibuja esas maravillosas fiestas en las azoteas, con mulatas divinas de cuerpos esbeltos, ron y tabaco? ¿O como logra que el público empatice con ese "mulato" a lo Lenny Kravitz, en vez de construir de manera igualitaria a su falso amigo Tito, que desea convertirse en esclavo de la empresa española con tal de abandonar el país? La demagogia y la sensiblería se cogen de la mano en un final estúpido, donde el bueno de Ruy renuncia a firmar un contrato "explotador", y decide realizar ese concierto en una sala antaño derruida, con la presencia de su amigo, y de su mujer e hijos. Un final cinematográficamente espantoso, gracias a la torpe inclusión de flash-forwards que nos cuentan que ha sido de su amigo y de su mujer en el futuro, escenas que desaparecen rápidamente para que uno se quede con lo que importa: con la música, con el "buen rollo", con lo bonito de un país en ruinas...


Poco tiempo atrás, las cadenas públicas programaron el documental cubano Suite Habana (Fernando Pérez, 2003), una mirada triste y deprimente, de corte naturalista, a través de un solo día en la vida de varias personas, con sus preocupaciones y problemas; sin una sola línea hablada -¿metáfora de la falta de libertad de expresión?-, y con la única inclusión de los sonidos que inundan la cotidianeidad de los habaneros. Pero más allá de la fuerza del trabajo, fue interesante ver una entrevista realizada a continuación al realizador, en la cual, a través de un encuadre cerrado, se podía palpar el estado decadente en el que se halla el país: unas paredes desvencijadas, un viejísimo sillón medio roto, o la expresión cansada de un hombre que ama al cine, imbuido en una camisa zurcida y con más arrugas en la piel que cualquier folclórica española de más de 80 años. Tras esto, uno se pregunta como unos cineastas vigilados estrictamente por la censura son capaces de lanzar productos más comprometidos y reivindicativos que otros que trabajan libremente y sin coacciones políticas. Y ya no es sólo el film de Fernando Pérez -que es bastante explícito-, sino incluso ese brillante sarcasmo del desaparecido Tomás Gutiérrez Alea, Guantanamera (1995), que tras su irónico vestido cómico, esconde toda una serie de púas a la dictadura Algunos me dirán que Benito Zambrano quiere mantenerse al margen de la situación, pero uno no puede permanecer con los ojos cerrados ante una infamia, y más si ha visitado el país. Es necesario "mojarse", "ensuciarse", existe una deuda moral ante lo que está pasando, no se puede quedar uno con el son, con la playa y con las palmeras, porque sino, nos quedamos ya no solo en lo tibio, sino también en la hipocresía, en mostrar una imagen distorsionada de una sociedad fracturada.

Pero aparte de las valoraciones políticas, Habana Blues no deja de ser un bonito videoclip musical, con poco o ningún interés formal, con planos que sobran y miles que le faltan, con secuencias tan risibles como aquella en la que la familia se une a ritmo de un rap compuesto por el hijo, escena que de haber rodado Spielberg no se salvaría de la quema. Por ello, lo más interesante de Habana Blues queda sepultado: su capacidad para expresar los pensamientos y emociones de los protagonistas a través de la música.

No se engañen, Habana Blues es una mala película, no solo por sus personajes acartonados y el superficial estudio de las relaciones que se establecen entre ellos, sino por su falta de honestidad y la farsa que supone. También ruego que me perdonen por la visceralidad de esta reseña, por el cabreo que me produce ver algo como esto, que encima disfruta cuando cierra Un Certain Regard en Cannes, o es nominada para los Globos de Oro, desmintiendo todo lo que intenta plasmar en ella. Como bien comentaba mi estimado stauff en su blog, hay momentos en los que uno debe quitarse la máscara y mostrar un poco la piel. Supongo que hay ocasiones en las que no podemos permanecer impasibles.

Saludos