Saludos
domingo, noviembre 23, 2008
Lo conseguimos (I SAW IT!)
Saludos
lunes, noviembre 17, 2008
domingo, noviembre 09, 2008
Californication (1ª temporada)
Pero no, no me da la gana porque "Californication" posee la semilla de la impostura. Porque "Californication" es la historia de un escritor cuya cínica novela sobre relaciones de pareja ha sido prostituida en una adaptación "näif" con Tom Cruise y Katie Holmes...y en el fondo, "Californication" es como si a Bukowski le hubieran adaptado una novela pasándola por el filtro de una "love story" clásica. Porque "Californication" es la historia de un "loser" que debe follar mucho como trayecto redentor hasta darse cuenta que la verdadera felicidad se encuentra en la pareja que abandonó porque no estaba preparado. Y porque "Californication" es la enésima ficción misógina que dice que esa mujer que dejaste tirada porque te rajaste, te va a esperar toda la vida pase lo que pase, y te perdonará hagas lo que hagas. Aquí radica la verdadera incorrección de "Californication", pero también su gran mentira, es decir un artefacto indefendible por su supuesto realismo y verosimilitud. Así, el chaval que admire "Californication" sería algo así como aquel que cree que puede pillar una furgoneta con unos colegas, pillar a una chica por la calle y proponerle de todo (Bangbus)...todo ello porque está rodado con cámara en mano y parece "de verdad". Maldito "mockumentary" sexual.
Y puede que "Californication" sea en el fondo una gran farsa que se ríe de todo eso. De hecho, es más que posible. Pero a mí me cayó en la peor hora y en el día equivocado. Algo que no me ocurrió con "Martyrs", todo sea dicho.
Saludos
miércoles, noviembre 05, 2008
Pues sí....
"Es bueno el mero hecho de ser feliz; es un poco mejor saber que lo eres; pero comprender que lo eres y saber por qué y cómo, y seguir siéndolo y sabiéndolo, bueno...eso es más que felicidad, eso es una bendición".
Saludos
lunes, octubre 27, 2008
El Grupo
Kobe, Alex Rodriguez, Phelps y Tony Hawk juntos.......lo disfrutaré estas Navidades?
Saludos
sábado, octubre 25, 2008
Ooops, we did it again.....
Y dejo a Miradas aparte porque, sencillamente, lo hemos vuelto a hacer. No solo por haber sido el único medio en cubrir casi a diario el festival, no sólo por hablar de tantas y tantas películas, sino por el rigor (hasta Top Cine), la profesionalidad, y el curro que nos hemos pegado (JD, Lolo y un servidor) al estar tan pendiente de todas las pantallas (fueran de cine o de plasma). Exploto de arrogancia cuando afirmo que pese al día a día tan ajetreado, pese a discusiones tontas (es lo que hace el carácter, el amor, la soledad, y la mezcla de todas), el resultado es sobresaliente....y lo es porque hemos disfrutado, porque hemos innovado sin quererlo, sin forzarlo, sin acogernos a nada, solo al goce colectivo y a las coñas de una inesperada espantada nocturna. Así que desgrano las gracias a Teresa Vargas (jijiji), a Raúl, a Javi, y a Araceli por ser un grupo tan fuerte, tan apasionado y tan "normal" (y no es coña). Y a Lolo y a JD, again, por ser tan grandes (uno más que otro) y por estar ahí. Y me falta alguien, cuyo nombre no recuerdo.....maldita memoria...
Saludos
jueves, octubre 23, 2008
El sitio de Viena
Y eso lo convierte en alguien previsible, y por tanto también adscrito a una cierta ortodoxia. Y lo digo porque leer "500% Costa" es saber de antemano lo que va a afirmar, lo que va a citar, y adonde va a llegar...y esto desactiva gran parte de su ingenio, de su magia. El moverse en algunos contextos implica adecuarse a ciertas normas, y por tanto, a perderse. Eso es algo que también le ocurre a Carlos Losilla en Cahiers España. Y le ocurre porque entrega lo que todo el mundo espera de él, a diferencia de su etapa en Dirigido, donde marcaba la nota discordante, sobre todo en su última época. A Losilla en Cahiers le ocurre lo mismo que a Costa en "Mutantes": se alinea y pierde su capacidad de trasgresión.
Todo lo contrario le ocurre en su deslumbrante novela/ensayo/autobiografía "El sitio de Viena", más mutante que todos los mutantes juntos....ejemplo de escritura libre, modelo inspirador y renovador para nuevas (y viejas) generaciones. Losilla parte de la (no) figura de Fritz Lang para elaborar un texto que es al mismo tiempo exorcismo personal, ensayo sociocultural, análisis cinematográfico y biografía renovadora, tan independiente de todo como pendiente de su propio rigor. En "El sitio de Viena", Losilla pone al cine en su sitio: no en un universo paralelo donde esconderse, sino en un estante anexo a nuestra vida de donde recavar experiencias para enriquecerla. En definitiva, el arte como complemento, no como subterfugio, que es más difícil pero al mismo tiempo más satisfactorio. Porque donde Costa termina hablando de SU vida, Losilla habla de LA vida, algo todavía más meritorio partiendo ambos de sus propias vivencias.
Saludos
viernes, octubre 10, 2008
Tropic Thunder (y el cine de Ben Stiller)
Saludos
miércoles, octubre 01, 2008
Nos vamos a Sitges!!!!!
Saludos
sábado, septiembre 27, 2008
Se va uno de los Grandes
Cuando todos pensábamos que J-Will resurgiría de su asepsia baloncestística en los nuevos Clippers, completando el "back-court" junto a Baron Davis, resulta que una noticia bomba nos deja atónitos: una de las personalidades más estrambóticas del basket se retira de forma inesperada, muy a tono con el carácter introvertido y huraño de este post-Pete Maravich (sic). A Jason Williams le han echado mucha mierda, pero pasado mañana y si no muere por sobredosis, tocará a la puerta de John Stockton para enseñarle su anillo. De algún modo, se habrá hecho justicia.
Y ahora os dejo con sus maravillas:
Saludos
lunes, septiembre 22, 2008
La Séptima Víctima
2. Vista hoy, La séptima víctima es una película realmente interesante, aunque quizás un tanto desangelada. Y lo digo porque asimilándola de manera retrospectiva, ha sido ampliamente superada por aquellas obras que la han tomado como referente, incluso la posterior La noche del demonio. Pero tanto las ficciones de David Lynch, Dario Argento o Roman Polanski han contraído méritos suficientes como para evidenciar que la asepsia visual —perdón otra vez, la depurada serie B— del film de Mark Robson no equivale a mayor riqueza conceptual, aunque siendo honestos, los tres casos citados son una muestra en bruto de un talento del cual Robson carecía. Lynch ha transportado al corazón de Hollywood la línea narrativa de La séptima víctima, liberándola de cultos paganos y aunando narración, reflexión, homenaje, vanguardia, y un mayor psicologismo. Argento, en sus dislocadas Suspiria o Phenomena, relata un trayecto madurativo similar al de la protagonista del largometraje de Robson, sostenido sobre su abigarrada imaginería visual nada ajena a las disquisiciones teóricas sobre el género. Y por último Polanski en La semilla del diablo dibuja el perfil más incómodo, perverso, pero también atractivo, de las reuniones esotéricas, conjugando el realismo social con un inquietante barniz fantastique. Son cineastas que, explicitando todo aquello que La séptima víctima sugiere, consiguen elevar sus propuestas por encima de la, en ocasiones, insípida gramática “clásica”, dotándola de una mayor capacidad semántica.
3. En su capítulo del libro colectivo “El demonio en el cine” y a propósito de La séptima víctima, Hilario J. Rodríguez hacía referencia a la relación entre el contexto social de la época y las malsanas motivaciones de los paladianos —la secta que acoge a la hermana de la protagonista—. Es acaso el apunte más brillante del film, que conecta los sentimientos de indefensión propios de la participación norteamericana en la II Guerra Mundial con la sensación de vacío existencial de los miembros del culto, y su turbia inclinación hacia el Thanatos. Con todo ello, La séptima víctima concentra momentos visuales estimulantes —la secuencia de la ducha, donde la sombra desvela toda su polisemia— con otros bastante ridículos —la muerte del investigador—, poniendo de relieve lo mejor y lo peor de ese lenguaje —afortunadamente superado— que es el clasicismo. Yo, por mi parte, prefiero relatos más abiertos del propio Robson, como la magistral El barco fantasma, que tras su arquetípica estructura whodunit, se agazapa una profunda lección sobre la autoridad y el poder.
Saludos
jueves, septiembre 18, 2008
American Gothic
Que buena parte del cine norteamericano contemporáneo ha efectuado una regresión tanto estética como temática al producido durante los años ’70, parece ser una reflexión que a estas alturas ya no sorprende a nadie. El terror abrió la veda para la evocación de unas coordenadas artísticas que poco tienen de simple nostalgia: la mojigatería del slasher para adolescentes ha abierto paso al salvajismo sin coartadas visuales de las nasty movies en casos como La casa de los 1000 cadáveres (House of 1000 Corpses. Rob Zombie, 2003) o Hostel (Eli Roth, 2005); y el macanudo cine de acción musculoso ha cedido su sitio a la indefensión memorística –—por tanto, a la fragilidad existencial— de Jason Bourne. El cine de espionaje también ha echado la vista atrás con títulos como El buen pastor (The Good Sheperd. Robert de Niro, 2006) o Munich (Steven Spielberg, 2005), mientras que el thriller se ha deshecho de manierismos para engendrar títulos más desabridos como Hostage (Florent Emilio Siri, 2005) o Narc (Joe Carnahan, 2002). Incluso se ha recuperado la siempre polémica figura del “vigilante”, bien desde una perspectiva “clásica” —La extraña que hay en ti (The Brave One. Neil Jordan, 2006), Death Sentence (James Wan, 2007) — o mediante la actualización de sus códigos —Paparazzi (Paul Abascal, 2004) —.
No obstante, dentro de la publicación que vamos a tratar, los puntos de vista varían. Centrándonos más en el género a colación, es decir, en el terror, Roberto Cueto afirma que dicha invocación se debe más a que el «gótico americano se ha fetichizado y convertido en objeto de consumo cinematográfico», lo cual entronca con las teorías esgrimidas por Carlos Losilla en su libro “El cine de terror” acerca del horror posmoderno; mientras Quim Casas nos demuestra que el género no es ajeno a los ciclos, y que el patrón actual descansa en la modernización de un discurso debido a la necesidad de exorcizar los demonios del presente. Sea lo que sea, la realidad es que muchos expertos se han adelantado a establecer paralelismos entre el turbulento escenario sociopolítico de los Estados Unidos post-Kennedy y la agitada era Bush Jr., de ahí las concomitancias en una expresión artística que nunca ha dejado de ser espejo de la realidad. No en vano, hasta en un largometraje tan aparentemente desligado de estos esquemas como Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006), uno de sus personajes profiere que «esto es como en los ’60 pero con menos esperanza».
Por ello, la publicación de “American Gothic. El cine de terror USA (1968-1980)” –en un esfuerzo conjunto entre la Semana de Cine Fantástico y Terror de San Sebastián y el Festival Internacional de Cinema de Catalunya, Sitges, con el apoyo de otros organismos- no es solo una iniciativa alabable por su elevada calidad literaria ni tampoco por el hecho de cubrir un vacío editorial (que también), sino por su necesario oportunismo que nos permite entender ahora y en presente, unas circunstancias que parecen condenadas a repetirse con escalofriante fidelidad. Coordinado por Antonio José Navarro —que no por casualidad cuenta en su haber con la coordinación de otras dos obras fundamentales en su ámbito como son “La nueva carne. Sobre una estética perversa del cuerpo” (Ed. Valdemar, 2002) y “El giallo italiano. La oscuridad y la sangre” (Ediciones Nuer, 2001)— American Gothic es un excelente trabajo no exento de irregularidades –como en todo proyecto colectivo que se precie- que aspira a recopilar en sus más de 400 páginas las particularidades de una tumultuosa época que fructificó en la absoluta renovación del género de terror. Un paraíso cinematográfico generado por un infierno social que parió a toda una generación de cineastas única: John Carpenter, George A. Romero, Wes Craven, Tobe Hooper, Brian de Palma, Bob Clark, Bob Kelljan; todos “hijos” del desengaño de la Contracultura, del fracaso de la “era del Acuario”, del horror de Vietnam y de la “crisis urbana”. Desde el análisis sociopolítico a los orígenes literarios, de los precedentes culturales a la reflexión generalista, American Gothic pretende (y consigue) lanzar una mirada heterogénea, plural y poliédrica tanto a la época como, por supuesto, a su cine, y por ello se ahonda con deleite en los temas que acapararon el género: el canibalismo, la psicopatía, el satanismo o la serie Z, así como un acercamiento a los autores y al análisis particular de una serie de películas, que abre la señera La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead. George A. Romero, 1968) y cierra la paródica Motel Hell (Kevin Connor, 1980).
Estructurado en tres partes bien diferenciadas —Contextos, Temas y Películas— abre el fuego el propio coordinador, Antonio José Navarro, que en un vigoroso prólogo asume con fruición un material muy de su estilo donde conjuga política y horror, cultura y sangre, y donde desglosa de forma rigurosa los ingredientes sociales que provocaron el estallido del género. A través de su inconfundible y virulento estilo de escritura, Navarro toma como referencia una serie de largometrajes fundacionales para ahondar en su significación social y en su jerarquía cinematográfica. Por su parte Quim Casas recapitula, y con temple se deshace de la etiqueta localizacionista para afrontar un capítulo que bien podría ser epílogo. En él, con su habitual estilo poco dado a la retórica, nos dice que el terror siempre ha traído adjuntada una etiqueta política, solo que en los años ’70 se optó por evidenciarla y torear la alegoría. Además, establece paralelismos, levanta lazos fraternales entre dicha época y la situación actual, aunque en su repaso olvida que hoy en día el terror no sólo mira hacia dentro, el Otro se ha convertido también en instrumento para la propagación del miedo. A continuación Roberto Cueto, en un formidable trabajo, nos retrotrae a las raíces literarias e historio-geográficas del “gótico americano”, donde se entrecruzan Charles Brockden Brown y Nathaniel Hawthorne, Washington Irving y Wardon Allan Curtis. Su capítulo, brillante, denso pero ágil, rico en referencias pero sin petulancias ni cultismos, profundiza en los orígenes para separar en cuatro vértices los temas fundamentales del imaginario gótico. Tomas Fernández Valentí, con menos suerte, finiquita esta primera parte con un texto en el que analiza los precedentes cinematográficos del “gótico americano” —el americana y el thriller rural—, un tema ya recurrente en sus reflexiones para “Dirigido por”. Valentí encara su parcela con lucidez, pero pese a su fuerte personalidad literaria, el conjunto decepciona porque el repaso es somero y un tanto superficial.
El especialista italiano Roberto Curti, trasunto de Freixas transalpino, descorre el velo de la segunda parte del libro en un capítulo que podría haber aparecido igualmente en “El demonio en el cine. Máscara y Espectáculo” (Ed. Valdemar, 2007)—otra de las publicaciones editadas durante Sitges ’07—, al recordarnos que el caos y el desorden social acentúan la desconfianza en Dios, y por tanto, promueven la aparición de otros cultos. Así, destaca el elevado número de largometrajes que versan sobre satanismo o sobre otras manifestaciones paganas, entendidas como una variación grotesca de los crecientes movimientos esotéricos del período. La dupla incansable, Ramón Freixas y Joan Bassa, se entrega con delectación a uno de sus (seguros) placeres, fusionando violencia y sexo, Eros y Thanatos, roughie con nudie, en un texto que recorre el vasto legado del rape & revenge. Su aportación es pura sabiduría y mejor exposición, aunque su habitual estilo amanerado encubre en demasiadas ocasiones a un contenido capaz de brillar por sí solo. Entre los jóvenes, destaca la nueva savia de Tonio L. Alarcón quien, pese a su juventud, posee un estilo depurado y expositivo, siempre cercano al lector. Aquí nos acerca a una de las temáticas más escabrosas como es el canibalismo. Su comienzo es avasallador, su final pierde fuelle, pero la sobresaliente conjunción entre cinefilia, ensayo psicológico y perspectiva antropológica denota la excelencia del trabajo bien hecho.
Un veterano en el tema, Jesús Palacios, vuelca su tremenda erudición en la materia abordando otro terreno fundamental: la figura del psicópata. Palacios frecuenta territorios paralelos, lo cual se agradece, al describir la influencia del pulp, del menace pulp y del apache killer en el arquetipo del psychokiller, aunque a su texto le sobra cierta afectación retórica y se echa en falta algo más de concreción. En las abisales estancias del inframundo fílmico nos tropezamos con el siempre estimulante Rubén Lardín, que nos recuerda que toda manifestación artística tiene siempre sus vertederos. A la inmundicia, bien vale hacerle frente con descaro y pasión, porque el exploitation es al mismo tiempo desechos, reciclajes, y materia prima. Su (re)visión nos (re)descubre a varias figuras de este pequeño infierno: Ted V. Mikels, Al Adamson y Andy Milligan, en sus propias palabras, «autores por acumulación» (sic). El repaso por temas lo cierra otra joven especialista, Desirée de Fez, en un capítulo de carácter ambiguo y poco claro, que sirve más como introducción que como cierre. Su esforzada contribución, disertando sobre los autores del período, no evita que el resultado final sea anodino, no tanto por innecesario como por mal planificado. Finalmente, el libro concluye con el análisis pormenorizado de veinte largometrajes, donde destacan los escritos firmados por Carlos Losilla, José María Latorre y Emi G. Cortés. Un trabajo que pone un buen broche a este notable logro colectivo en un proyecto que, pese a merodear por zonas parecidas, sabe repartir la cosecha y esquivar lugares comunes; un ejemplo, no sólo de la gran coordinación y de la labor de los especialistas sino también de la riqueza semántica de la ficción de la época. Por último, tampoco hay que olvidar la atractiva edición de la publicación, pródiga en imágenes de gran calidad. Un lujo que todo aficionado al cine (de género o no) no puede ni debe perderse.
Saludos
miércoles, septiembre 17, 2008
Che, El Argentino
Cuando estamos de lleno en el "fin de las ideologías", Soderbergh busca precisamente eso: desideologizar al personaje, despolitizar en la mayor medida posible al icono para encontrar un ideal de lucha puro, tan (o más) naif que el representado en esa versión "adolescente-pop" que es Diarios de motocicleta. Che el Argentino sí es un film épico porque Soderbergh jamás rueda a ras de suelo, quiere rodar la campiña cubana como si se tratase de un Olimpo donde se mueve su Aquiles asmático. Soderbergh encuadra el cielo cuando debería encuadrar la tierra, encuadra un cuerpo cuando debería filmar una herida.....pero al final su película no pasa de ser un film figurativo que pretende transmitir una cierta abstracción. Da miedo lo que podrían haber hecho tanto Terrence Malick como Samuel Fuller, dos directores tan opuestos, con este material. Porque lo peor que se puede decir de una película sobre una revolución es que ni siquiera incomode, que sea tan poco "revolucionaria". Che el Argentino no deja de erigirse como la bandera del relativismo.
No nos extraña que el target que más disfrute con la apuesta "alternativa" (es decir, contemplativa, no lineal y ciertamente aburrida) de Soderbergh sea el del universitario entre 18-30 años, perteneciente a algún grupo anti-globalización, pero que estará encantado de visionar Che el Argentino en una estupenda copia digital vía Kinépolis, pagando el euro de más en su entrada. En su texto de Miradas, Miguel Calero afirmaba que Soderbergh había rodado "otra camiseta". No se me ocurre una mejor definición para un retrato que obvia las contradicciones de un desarraigado que no encontró cobijo en ninguna patria, y que terminó muriendo en un exilio buscado, un Simón Bolivar apátrida que se (auto)convenció de una liberación imposible. Pero como diría el propio Soderbergh, eso ya sería otra película. Toca chuparla en dos horas y diez minutos que se pueden resumir en el esbozo de un tipo sensible, arrogante, moralmente estricto y convencido de su lucha.
Saludos
domingo, septiembre 14, 2008
Se fue...(1962-2008)
Tampoco he leído demasiado como para ejecutar un buen epitafio ni para tirarme el pisto, pero sí me había estimulado lo suficiente como para colocarle ahí, en ese panteón de escritores cuyas obras están listas para salvaguardar tu CI. Mi primer contacto con él fue hace unos años, cuando un compañero me prestó La niña del pelo raro, un libro de relatos que en su momento desprecié, pero que al igual que con Izo, no paró de dar vueltas en mi cabeza durante el tiempo que pasó hasta que adquirí otra obra suya, Algo supuestamente divertido que jamás volveré a hacer. En esta obra -mezcla de ensayo y ficción autobiográfica-, Wallace se transforma en el omnisciente narrador que desglosa las peripecias de un viaje a bordo de un crucero hacia el Caribe. El libro me recuerda a aquella película de Roger Corman con Ray Milland, donde un tipo empezaba viendo a través de los objetos, y terminaba sacándose los ojos al descubrir la temible realidad que se parapetaba detrás de lo aparentemente "real". Interpreten ustedes.
Y por último, La broma infinita, obra inmensa que lleva en mi mesa de noche ya cuatro meses, y que degusto de forma lenta, raro en mí, que atropello un libro para pasar al siguiente. Dicen que se parece a DeLillo y a Pynchon, pero yo solo he leído un libro de DeLillo y nada de Pynchon, así que no puedo confirmar o desmentir nada. A mí me parece una versión bizarra y transgresora de la gran novela decimonónica, una mise-en-abisme que juega de forma absurda con referentes como Zola o Balzac. Incluso, en ocasiones imagino que es un producto surgido de un mix entre John Dos Passos y Phillip K. Dick, mis referencias más cercanas y con las que me siento capaz de conectarlo....en definitiva, puede que se trate de la "gran broma americana".
Lo siento pero no puedo ir más allá. Parece que es cierto aquello que dice que, detrás de una comedia, pervive una tragedia aún mayor. Lástima. Más información, aquí.
Saludos
martes, septiembre 09, 2008
Hellboy 2
En una futurible tercera entrega, Hellboy tendrá que decidir hacia dónde va y deberá sacrificar algo. Lo mismo ha de hacer Guillermo del Toro, a riesgo de que su película no vaya hacia ningún sitio o tenga alguna meta clara. ¿Logrará Hellboy desembazarse de su impronta demoníaca? ¿Lograré cantar algo de Los Secretos sin que parezca forzado? Yo, por aquel entonces, espero también tener más claro hacia dónde tengo que dirigirme.
Saludos
lunes, septiembre 08, 2008
Disfrutando.....
Saludos
lunes, septiembre 01, 2008
Siempre Bierce
El Yerno Elegible
- El mejor del mundo - replicó el solicitante con aplomo -: voy a convertirme en su yerno.
- Ese sería, efectivamente, el mejor aval - dijo el banquero gravemente -; pero ¿qué méritos tiene usted para pretender la mano de mi hija?
- Uno que no puede ser rechazado a la ligera - dijo el Andrajoso - estoy a punto de entrar en posesión de cien mil dólares.
Incapaz de descubrir un punto débil en este plan de mutua ventaja, el financiero dio al disfrazado promotor un libramiento por dicha cantidad, y mandó una nota a su esposa notificándole el compromiso de la muchacha.
Saludos
martes, agosto 26, 2008
Cinturón rojo: Cuestiones morales
Cuando G. K. Chesterton escribió “El dragón en el escondite” quizás no se dio cuenta que su relato, más allá de su espíritu cafre y su apariencia de narración nonsense —Óscar Sacristán dixit— contribuía a poner en liza la dificultad del héroe para encontrar su sitio en el mundo. El cuento, que narra los avatares de un proscrito de nombre Sir Laverok, revela que el héroe es siempre la excepción, la acotación moral dentro de un universo que se viene abajo. Por eso héroe siempre rima con sacrificio, porque su función es la de esa tirita que absorbe la hemorragia para terminar cayendo al suelo empapada en sangre. Al héroe hay que olvidarlo pronto, porque introduce la duda en una comunidad que no quiere negociar su ambigua moral.
Mamet coincide con Chesterton en que el héroe siempre gana en off, lucha y vence en el contraplano, lejos del ruedo mainstream. Su victoria es pírrica, a menudo insignificante, y ya nunca deviene en aprendizaje colectivo porque su código moral es un conjunto de plegarias pasadas de moda. Reformulando a Chesterton, cuando el héroe sale de su escondite el universo tropieza, pero sin enseñanza, sin moraleja, solo queda el propio sacrificio y lo que uno pueda asimilar de ello. Si el mundo ya no quiere aprender, más vale que al menos aprendas tú algo. Por eso los héroes de Mamet solo pueden contentarse con superar sus propios miedos, con salir ilesos de la batalla a la que han sido abocados.
Cinturón rojo (Red Belt, 2008), como Spartan (2004)—e incluso como “The Unit (2006-¿?)”— es una gran parábola moral creada por un director que se está haciendo viejo. La historia de este instructor de jiu-jitsu que se ve obligado a cuestionar su propio sistema de valores a raíz de un acontecimiento azaroso, es análoga al soldado que abandona su unidad para hacer lo que él cree que tiene que hacer: elecciones personales dentro de un código ético rígido. Lo que nos dice Cinturón rojo es que David Mamet está tan hastiado del mundo, que se encuentra tan decepcionado de lo que en él ha encontrado, que en lugar de rodar un film nihilista, sublima sus deseos y construye una obra total donde lo inverosímil cumple una labor redentora. Si estás desencantado con la realidad, encuentra en la ficción algo que mitigue tu dolor. Por ello Cinturón rojo es una ficción imposible, donde lo representado no asume una labor de descripción realista, sino que tiene como objetivo expiar un pecado colectivo. Todo lo que tiene de utópico la decisión final del film, lo tiene de limpia de conciencia.
Yo no creo que Cinturón rojo sea una película sobre el jiu-jitsu, y tampoco sé si Mamet practica algún arte marcial. Pero tampoco creo que Campeón de campeones (Best of the Best. Robert Radler, 1989) sea una película sobre el karate, sino una tramoya en celuloide con fin de panfleto político. Pero sí creo una cosa, y es que el film nos termina transmitiendo un doble mensaje: si Mamet ha tenido que acudir a un código externo para guiar a un personaje de dudoso pasado, es porque cree que dentro de nosotros no hay nada de lo que podamos partir. Sin embargo, el personaje de Chiwetel Ejiofor, consciente que aquello que lo guía se ha transformado en un circo, en una farsa artificiosa despojada de toda ética, termina encontrando en sí mismo la razón de esa moral. Porque no importa qué nos guíe, si el jiu-jitsu, las reflexiones de Savater, o la religión: al final, la moral la construimos nosotros mismos. Una enseñanza que nos concede un último suspiro de independencia dentro de una sociedad en la que parece imposible asumir nuestra propia individualidad.
Saludos
lunes, agosto 04, 2008
The Revolution Will Not Be Televised
Saludos
PD: Y para abrir boca, os dejo con un magnífico texto de una de las mentes fundamentales de la escena online. Disfrutadlo.
viernes, agosto 01, 2008
Ese nuevo campo de batalla
Sí, ya sé que mola; sí, ya sé que es guay, sí, ya sé que está masticadito y es evidente....pero joder, a mí me llegó.
Saludos